Friday, March 14, 2014

Virtualidades.


Supo que estaba en problemas cuando al sexto día de haberse ‘conocido’, le dolieron la vista y los pulgares. Era la enésima vez en el día que miraba la pantallita del celular, sonreía como una tonta y su familia la miraba sin entender absolutamente nada: era una mina de 30 con la actitud de una de 15, chateando desaforadamente con su celular. Sin la mínima intención de parar ese pelotudeo virtual que la tenía entre embobada y pseudo enamorada de alguien a quien creía conocer mucho en seis días en los que perdió la dimensión del tiempo, y que en verdad, jamás había visto en persona. No había podido sacar la atención del teléfono ni un solo día. Ni siquiera el único en el que no habían hablado. El resto, todos los otros días, desde la madrugada de un 25 de diciembre, habían sido a puro chat casi de corrido, durante horas. Hablando de cualquier cosa, o de cosas demasiado profundas. El chat da una cierta impunidad para confesar cosas imposibles, desnudarse en comentarios casi ridículos pero que a la vez tienen un condimento de intriga y seducción por no saber bien la atención de quién se está captando del otro lado. La impunidad de lo virtual, es, peligrosa.
Se encontraron –conocieron sería demasiado pretencioso- de la forma más ‘anti-ellos’ que podía existir. Ella, periodista, subida a la moda de lo trendy: después de un año y medio de soltera, tenía bien en claro que las relaciones también empezaban de forma virtual. Y como jamás quiso perderse nada, mucho menos una global trend, se animó a registrarse en la última app de moda en las grandes ciudades capitales que ya estaba en Buenos Aires. Como casi todo lo que hacía, por la historia o por la nota, tenía que estar. Él estaba recién separado, poniendo en práctica con cierta cautela, todos los artilugios posibles para vivir su nueva vida de soltero. No lo convencía para nada lo del catálogo online de minas en el celular, pero igual se registró, e hizo lo opuesto a lo que todos los hombres suelen hacer: no le dio like a todas, sino a unas pocas, pero eligió una sola para empezar una conversación. La sorpresa para ambos, fue que terminó siendo match… un 25 de diciembre a las 3 de la mañana. Ella había empezado su experimentación con la app en un random de candidatos poco selectivo, así que en dos días tenía 50 posibles “parejas” y la mitad de esos flacos, le hablaban por chat. Se asustó y no respondió a ninguno. Pero el aburrimiento después de las copas del 25, la noche de verano lenta y aletargada y la intriga de la primera frase de él donde incluyó, además de perfecta ortografía, un punto final -la obsesión del punto final en un chat lo destacó definitivamente del resto-, le llamaron la atención. Respondió. Primer match real. Se quedó dormida escribiendo, sin encontrarle mucho sentido a la situación, pero divertida. Al día siguiente la charla pasó al nivel dos: intercambiaron Whatsapps. Y no pararon más. La siguiente sucesión de conversaciones alternó por una infinita variedad de temáticas, casi sin distinción de horarios. Charlas intermitentes a lo largo del día, madrugadas eternas. Pasaron los días y la curiosidad y la posibilidad de un encuentro real, eran incuestionables. Tenían que verse. Era urgente, era necesario. ¿Estaban preparados? Nunca se lo cuestionaron. Simplemente fijaron fecha  y contaron los días, las horas y los minutos hasta que el día de la cita llegó.
Esa noche fue un cocktail de nervios, taquicardia e intriga. Una intriga terrible a cómo pudiera salir ese encuentro. ¿Y si salía mal? Posiblemente, no era lo que se cuestionaban. El miedo, el terror profundo que los dos sentían, no tenía tanto que ver con si la cita salía mal, sino en verdad con la posibilidad real –real y no virtual-, de que saliera bien. Era un miedo exagerado a encontrarse con la potencialidad del amor cuando ninguno de los dos lo estaba buscando. ¿O en verdad si, cuando se dieron de alta en esa app que los hacía sentir un poco ridículos? Se sinceró consigo misma: todos estamos buscando un poco el amor, todo el tiempo.
Él la vio primero, cuando dobló por la esquina, enfilando directamente hasta la puerta del bar que no había podido traspasar. Tenía fobia a sentarse solo en una barra. Justo lo opuesto a ella, que amaba las barras, los bares y las charlas entre copas con desconocidos. Tenía puesto un vestido negro corto, y era alta, lo suficiente como para intimidarlo un poco. Se saludaron con taquicardia. Se miraron con complicidad desde el instante en el que cruzaron miradas por primera vez: la química estaba. Era un hecho tan maravilloso como trágico. Él habló y habló. Contó su historia, habló de su ex. Ella terminó soltando algo de la suya también, con menos detalles pero conservando los que la dejaban ver como una mujer herida. Entre la que se muestra infranqueable pero a la vez, necesita que la protejan. Alternando el miedo de ponerse en evidencia con una alerta en su discurso como avisando que vivió, que la pasó mal por otro, que ya está inmortalizado en su lista, en sus cicatrices, en su vida.
24 horas después, ella apretaba el único botón del celular, para que se encendiera la pantalla y le dijera cuándo él se había conectado por última vez al Whatsapp. 22.23, decía. Su reloj marcaba las 23.22 del día después. Después del idilio, la intriga, la ansiedad, los nervios y la expectativa inevitable. Después de los tragos, la charla interminable, la vergüenza, el terror, las ganas. El beso. Había sido una tortura llegar hasta ese bar, frenar los pensamientos, en esa noche pesada en la que el letargo del verano y el calor, se hizo sentir, también, en el aire entre ellos dos. Se cerró con el del beso, se terminó con el silencio. 24 horas después, sentía algo así como el post efecto placebo de una droga. La abstinencia de atención la ahogaba, la coartaba en su libertad de ser ella misma y elegir qué sentir. Como si pudiera elegirse.

Llegó la madrugada. Lo que nunca llegó fue el siguiente mensaje, y se preguntó si este era, formalmente, el fin del idilio. Se dio cuenta de lo lindo que había sido todo mientras había durado: el estar pendiente de otro, el que otro, un alguien, esté al pendiente de uno. Sonreír instantáneamente al ver un mensaje nuevo en el teléfono, con una sonrisa ridícula, incomparable a otras. La potencial sensación de volver a enamorarse. Todo había sido mágico y le había devuelto la posibilidad ínfima de probar, otra vez, después de mucho, el sabor de un beso con un poco de gusto a amor. Se dio cuenta que eran cerca de la una de la mañana, estaba sola, como casi siempre, y el mensaje esperado no había llegado ni iba a llegar. No le importó. Se sonrió con cierta tristeza, como quien entiende una señal, que por más anónima y silenciosa, le estaba diciendo que había llegado el momento de volver a empezar. De volver a creer. Se hundió lentamente en un sueño pesado, profundo, sin más respuestas, como la noche de verano que estallaba afuera. Se quedó dormida con el celular entre las manos.

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