Monday, October 20, 2014

(re)encuentro.


(...) Después de esa noche, las despedidas serían siempre un hasta luego. Una sucesión de encuentros buscados, de excusas, de besos robados, de indirectas cómplices en público. De buscar señales para encontrarse en la cotidianeidad que los encontraba separados. Un mensaje en una pared, una canción, un comentario de alguien al pasar que uniera la vida de uno con la del otro como por casualidad. La necesidad de que el azar o el destino legitimaran eso -indefinido o no- en lo que se estaban convirtiendo. 
Esa madrugada marcó el principio de una historia que ella había decretado imposible hasta que se encontró, de algún modo, salvada en sus brazos. Sin cursilerías: el registro de ese abrazo volvería una y otra vez en su memoria, durante mucho tiempo, sobreviviendo a todo. 
Tardó en descifrarlo, pero esa noche, una parte de si que desconocía, se reveló con él. Se abrió un portal, se liberaron demonios y ángeles. Algo del caos del universo se ordenó.
Se habían encontrado, y aunque aún no sabían bien qué hacer con eso, desde ese momento, la única certeza entre los dos, fue que existían. 

Sunday, August 24, 2014


.healingpower.


Como el agua.




Fuimos al bar que había elegido yo. Me pedí un Negroni. F no sabía qué era. Pidió una caipirinha de maracuyá. El nombre del trago, el trago en si y el que haya dicho ‘caipi’ fueron cosas que me pusieron de malhumor. Pero igual me gustaba.
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Bikram yoga es una disciplina diferente a la de cualquier otro yoga. La razón principal es que se practica en una sala a 42° de temperatura. No hace falta tener experiencia previa, y lograr las posturas puede llevar un día, o cien, o toda la vida. No es lo que importa.
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Nos sentamos en la barra. A él lo incomodaba, a mi me hacía sentir en mi territorio. No sé por qué razón necesité eso. Creo que efectivamente, porque me encantó ni bien lo vi, y me sentí vulnerable. No lo miré a los ojos. Pedí un gintonic.
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Es necesario beber entre 3 y 4 litros de agua previos a la clase. No sirve tomar líquido un rato antes o durante la práctica. Es clave que la hidratación sea anterior, o el malestar es inminente.
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Pedí otro gintonic y un vaso de agua. F pidió uno también. No paraba de hablar, estaba nervioso y no lo ocultaba. Yo estaba un poco alcoholizada, pero en mis niveles acostumbrados. Me di cuenta que quería darme un beso y no encontraba el momento. Me reí. Yo también quería que me diera un beso.
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Una clase de Bikram dura 90 minutos. Son 26 posturas que se repiten dos veces. El profesor no hace posturas, sino que habla la clase completa, indicando qué hacer, segundo a segundo. Es un ejercicio de meditación activa, requiere máxima concentración. La única regla: no dejar la sala bajo ningún concepto. Lo único que hay que resistir son los 42°, el resto –la transpiración, el esfuerzo físico, los pensamientos-, son detalles.
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Me agarró la mano. Nos reímos los dos. Eran las dos de la mañana, era enero. Habíamos tomado y hablado demasiado. Le conté que había empezado bikram ese día, me dijo que estaba loca. Hacía calor. Nos fuimos del bar caminando. En la esquina paró y nos besamos.
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Utkatasana es la postura de la incomodidad. La número tres, del equilibrio. Aumenta la fuerza del cuerpo en general, fortalece y tonifica los músculos de las piernas, aumenta la flexibilidad en los dedos de los pies y los tobillos y alinea el sistema óseo.
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Cuando nos despedimos F seguía visiblemente nervioso. Yo también, pero no quería que se notara. Me dio un beso que me dejó pensando la semana entera que le siguió a ese día y que no escribió.
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El Negroni es un trago clásico de fines del 1800, que se prepara con una medida de rosso, una de Campari y una de ginebra. Se bebe en un vaso bajo, con una única pieza de hielo grande, para que el agua se vaya derritiendo progresivamente y el cocktail conserve su temperatura ideal durante más tiempo.
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Volvimos  a vernos unos meses después. Otra vez invitó él, otra vez elegí el bar yo, pero esta vez era otro. Esta vez, la visiblemente nerviosa era yo. Tomamos Negronis los dos, nos fuimos borrachos, nos besamos. Hacía frío, ya no era verano. Hablamos demasiado otra vez, nos mentimos. Otra vez no volvió a escribir. Me jodió. Después de F salí con un chico que tomaba whisky como agua, que me llevó a su casa, que no quise volver a ver. 
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La instructora de yoga repite que lo único importante es hacer, y soltar el resultado. Mientras tanto hace 42°, voy por la segunda postura y quiero huir.
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Una indicación de que un bar es un buen bar, es cuando sirven agua acompañando un coctél, aún sin que el cliente lo pida. El agua es fundamental para nivelar la deshidratación que causa el alcohol.
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La postura de camello o ustrasana abre y fortalece la caja torácica, pulmones y sistema respiratorio. Comprime la columna vertebral, aliviando problemas de espalda, liberando emociones y pensamientos. Casi todas las veces que la hago, me dan ganas de llorar.
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Bikram. Cincuenta clases después. No estoy especialmente elástica, ni bajé demasiado de peso, ni logré soltar nada. No volví a ver a F. No tomo el agua suficiente. Pero sigo yendo igual.

Saturday, August 23, 2014

Fin de fiesta.




Bajan juntos las escaleras del salón, y mareados por todo lo bebido y por las luces, salen sin estar preparados al mundo real. Por suerte es de madrugada y eso, de algún modo, los protege. Comparten el taxi, pero fijan rumbo a destinos diferentes, como poniendo una distancia implícita, necesaria. Ella sube primero y por el tiempo que durará el trayecto, se olvidará de todo –de lo que es correcto, del deber ser, de los prejuicios, del anillo que le brilla a él en la mano izquierda-. Al otro día pensará si alguien los vio irse juntos. Pero ahí le importará menos que siempre. Está aletargada por el alcohol, la noche y ese viaje que de algún modo, los dos forzaron.

Dice su dirección. Suena una canción de amor de los noventa. Se ríen instantáneamente y con la risa quiebran el silencio incómodo que ninguno estaba dispuesto a sostener. Qué kitsch esto, ¿no?, dice él, sin evasivas, y pasa su mano atrás de su respaldo, con cierta distancia, con muchas ganas. Ella asiente y se vuelve a reír. Afuera pasan las calles, las luces de la ciudad medio dormida de una madrugada de una noche cualquiera para muchos, pero eterna para ellos, que están ahí, en esa microcápsula en la que convierten a ese taxi por los minutos que dura el viaje.

Lo hacen durar. Hablan de cosas que ella no recordará después, por los nervios del momento, o porque realmente no importaba qué estaban diciendo. Importaba que estaban ahí, que se habían vuelto juntos de esa fiesta, que eran más de las dos de la mañana, y que estaban solos, por primera vez. Transgrediendo algo, una barrera más interior que real. Creando un instante, que por primera vez, era de los dos.

Los minutos y las calles avanzan y el taxi estaciona en la entrada de la casa de ella. Él se baja, abre la puerta, se dicen dos o tres palabras sin sentido, se abrazan, se sueltan demasiado rápido. El aire se corta, y se miran frente a frente y se dicen algo o todo con los ojos. Él la mira con una ternura infinita y se detiene el tiempo. Por un instante, la posibilidad de lo imposible, la potencialidad de eso que no entienden, pero que es una certeza que dejaron grabada en algún lugar, en algún tiempo lejano a ese. Aunque los dos saben que no, que al menos en ese presente, no puede ser. Ahí si se abrazan de nuevo, más fuerte, más largo. Ella siente su perfume, el borde de su saco, su cuello, sus ganas, las propias. Siente todo y le duele. Se sueltan con cierta tristeza, se rozan las caras, se respiran. Pero dejan pasar el momento y de repente el mundo vuelve a construirse a su alrededor. Reaparece el taxi, la noche húmeda, las luces de la calle, la puerta del edificio. La misma realidad insípida que hace que todo suceda a una velocidad conocida, que a veces, sólo a veces, deja huecos de tiempo que nos hacen eternos por un instante. Gira la llave en la cerradura, traspasa la puerta, y aunque el taxi desaparece, el halo de lo que pasó, inexplicable, queda flotando en el aire. Se acuesta con ella y esa noche, no la deja dormir.

Sunday, August 10, 2014

nómade.

 (palabras guardadas, que viajan de un verano pasado a un invierno incierto. sigo siendo nómade).

hay una calle por la que no volveré a pasar
hay un perfume que todavía imagino, pero no voy a volver a sentir
nunca 
más

hay recuerdos que acechan a la vuelta de la esquina,
en algún sueño
en algún papel 
y que ya no quiero enfrentar
esperan ahí
agazapados
como esperando para atacar(me)
yo ni los miro
los ignoro con los ojos tristes
con el corazón apretado

entre las manos unas líneas
palabras perdidas
sueños que me desvelan
y no entiendo

es como que volvés
sin pedir permiso
arrebatando mi día
y mi brújula

ahora sé que sigo
con o sin norte, sigo
caminando descalza
sobre un desierto de palabras
nómade
construyendo nuevas historias

vagando
por
ahí

yo olvido.

Sunday, July 20, 2014

Sunday, July 13, 2014



"Nos dimos ese beso. Y sentí amor", dije.
Y me quebré instantáneamente y ya no pude seguir hablando.
Algo se quebró adentro mío también.
Y a pesar que no volvimos a vernos, ese beso cambió el curso de todas las cosas.

lo que no se debe.



Buscás verme de todas las maneras posibles, y sin excusas. Pero sabés que todo lo que yo puedo darte es poco. Es un puñado de cosas mínimas. Acercarme un día a tu trabajo. Sonreír de costado, compartir una copa, siempre con gente alrededor. Abrazarte en el saludo de bienvenida, y que el abrazo dure un poco más al despedirnos, poniéndole cierta nostalgia al asunto, sin saber cuándo será la próxima vez.
Y me tocás levemente, apenas, lo socialmente aceptable, como si yo fuera cualquier otra visita.
Aunque vos y yo sabemos que no, y que ese segundo que tu mano me roza la espalda, se reconecta una artillería de ideas que podría disparar una infinidad de sensaciones que no estamos dispuestos a enfrentar.
Ni vos, aunque digas que si, ni yo, que entierro las ganas e insisto en decir elegantemente que no.

Saturday, April 12, 2014




La misma noche
y sus evasivas
sus silencios abiertos
encadenados
¿seremos libres, alguna vez?

lo suicida de juntar palabras
coleccionarlas
como si eso acercara respuestas

detrás de todo
los corazones rotos
siempre tienen espacio

lo único que se hacer bien
es escribir
hasta quedarme dormida.



Tuesday, April 01, 2014

caen estrellas, cada vez que chocamos


 
 
yo contigo mantengo las distancias
mi anhelo las rompe
alegremente
no ves que yo no sé qué hacer
con mis dos universos paralelos

feriado.


como si la tarde pudiera
descifrar tu nombre
anónimo
un rostro entre miles
desdibujado por el letargo
de este día en pausa

me detengo y pregunto
-como pregunta un niño-

si nos cruzáramos en la calle hoy
con miradas de siesta
con aire de feriado
con manos cansadas

con las marcas viejas

si así y todo fuera,

¿podríamos reconocernos?

ph. cartier bresson



Monday, March 17, 2014

cuerpos.

La pasión, según Cartier-Bresson.

(¿podría ser de otra manera?)

easy.



(ésta canción siempre vas a ser vos. e indefectiblemente, también nosotros, los de aquel entonces)

Sunday, March 16, 2014

sleepysunday.



de vez en cuando
querría de vuelta
los domingos a la mañana
el sol entrando en la ventana
confundiéndose con las sábanas
con nuestros pies

enredados

los ojos dormidos
los sueños en pausa
la simpleza de las cosas
la belleza de ese instante

la sensación de que la vida toda
sólo vale
por ese minuto de domingo
justo
antes
de
despertar.


(if I) Don't believe in love



(a veces es tan necesario volver a creer)

Saturday, March 15, 2014

blue morning.



Amanecer helado
color neón
ladridos a lo lejos
el ruido de un tren
el tiempo detenido
y elijo este instante

(me
quedo
congelada
acá)

en el que el día
aún no empezó
y todo

absolutamente t o d o

puede ser posible.

Instantáneas.


Chiang Mai, norte de Tailandia. Marzo de 2008.

Todavía nos queríamos cuando sacaste esta foto. Todavía quedaban muchos viajes por delante y era la mitad de ese que nos encontraba descubriendo otro mundo. Era la primera vez de descubrir lo que yo sentía que me esperaba fuera de Occidente y que no se me fue nunca más. Yo no entendía casi nada de budismo pero entrar a cada templo nuevo me fascinaba como la primera vez. Entramos y no había nadie, el tiempo estaba congelado ahí, en esa alfombra roja. Como los recuerdos ahora. Entraba luz por una ventana, algo de aire pesado, hacía calor. Habíamos llegado ahí vagando, haciendo tiempo para la siguiente excursión, contándonos historias, contando la plata. Planeamos volver a ese lugar alguna vez. Sigo creyendo que así será, pero ahora sé que no va a ser con vos. No va a ser nunca más con vos. Yo no sabía rezar en tailandés ni tenía claro que hacer frente a las mil imágenes doradas de budas de ojos cerrados. Pero quería quedarme ahí, quería la foto, quería frenar el tiempo en una postal para poner en nuestro living. Cuando la revelé me di cuenta que quedó un poco movida, y la guardé adentro de un libro para un cuadrito que nunca hice. Cuando volví a abrir el libro y acordarme del cuadrito, ya no había living nuestro, ni viajes, ni templos. Ni tampoco me importaba.

Historias de taxi.


(*Texto inspirado en la consigna de contar la vida como se le cuenta una mentira a un chofer de un taxi)

Soy secretaria, señor. Secretaria pero no cualquier secretaria de esas que atienden el teléfono, anotan un turno y nada más, eh. Soy Secretaria de Presidencia de una importante firma de logística. ¿Qué si le puedo decir cuál? Si, Richiardelli Hermanos SRL. ¿La conoce? Seguro vio alguno de nuestros camiones ploteados alguna vez. Usted está en el transporte. Más urbano claro, pero los taxistas deben prestar atención a otros transportes. La empresa es una pyme argentina, a la que le está yendo, bueno… como a todas las pymes de la Argentina, se imaginará. Pero aún así hace 39 años que están en el mercado. Y que diga transporte no significa que sea aburrido, eh. Para nada. Tengo a cargo toneladas de cosas. Usted ni se imagina lo que es mi trabajo. Llegan papeles con pedidos, hay que llenar acoplados de camiones que transportan desde alimentos hasta automóviles, y yo me encargo de gestionar todo eso. Si, si. Se perfectamente cuántas cajas llenas de paquetes de arroz entran en un camión de 5000 kilos o hasta cuántos coches puede llevar otro de esos que transportan cero kilómetro. ¿Qué si me dedico a las matemáticas? Para nada, señor. Me llevo pésimo con las matemáticas, pero soy una mujer obsesiva con todo lo que hago. Y acá se trata de hacer estimaciones, despachar cantidades, coordinar con el chofer del camión, la empresa del producto y avisarle al señor Richiardelli los movimientos de los camiones del día. El señor Richiardelli tiene 55 años y tiene toda la confianza en mí para este trabajo. También me encarga cosas personales, porque como le dije, soy Secretaria de Presidencia y él, es el presidente. Él y su hermano, Ramirito, que es más joven y un tiro al aire, así que no está nunca en la empresa y el señor me encargó que no le tomara ningún recado tampoco. Él me quiere para sólo para él.  Yo por el señor Richiardelli, lo que sea. Es amoroso, realmente amoroso. Y muy buen mozo. Me regala flores para la primavera y bombones de confitería para el Día de la Secretaria desde hace siete años, que es el tiempo que hace que estoy en la empresa. A veces me regala otras cosas, pero eso a usted ya no le importa. Es muy generoso, Roberto, digo, el señor Richiardelli. ¿Qué si es casado? Si, si, es casado, padre de familia, tiene dos hijos y una mujer, que, bueno, es loca. Pero loca, loca. Loca psiquiátrica. Así como le digo. Medicada. Se ha aparecido en la oficina gritando y queriendo romper todo más de una vez. La última la tuvieron que sacar con el SAME porque le dio como un ataque. A mi me gritó de todo: yo no entendía nada, y me quedé ahí, detrás de mi escritorio, congelada. Hasta que se me avalanzó y me quiso agarrar de los pelos, mientras gritaba putitademierdayotevoyadarquetemovesamimarido. Loca, loca. Pero bueno, salvo cosas como esas, en la empresa es siempre más o menos lo mismo. Entro a las 8, salgo a las 5, me tomo el 39 y llego para las 8 a Montserrat. Pero en general si hay mucho trabajo y el señor Richiardelli lo requiere me tengo que quedar hasta tarde, vió, hay que cuidar el trabajo, está taaaan difícil. Y yo por mi jefe, lo que sea. ¿Qué si hoy hubo mucho trabajo? Y si, hoy fue uno de esos días. Hubo que trabajar tanto que se nos hizo un poco tarde, por eso tomé este taxi. Uy, pero mire usted, ¿ya las dos y media de la mañana? Se me pasó volando. Es que cuando estoy trabajando, se me pasa el tiempo. Soy una mujer obsesiva con lo que hago, ¿ya se lo dije, no? 

Friday, March 14, 2014

Virtualidades.


Supo que estaba en problemas cuando al sexto día de haberse ‘conocido’, le dolieron la vista y los pulgares. Era la enésima vez en el día que miraba la pantallita del celular, sonreía como una tonta y su familia la miraba sin entender absolutamente nada: era una mina de 30 con la actitud de una de 15, chateando desaforadamente con su celular. Sin la mínima intención de parar ese pelotudeo virtual que la tenía entre embobada y pseudo enamorada de alguien a quien creía conocer mucho en seis días en los que perdió la dimensión del tiempo, y que en verdad, jamás había visto en persona. No había podido sacar la atención del teléfono ni un solo día. Ni siquiera el único en el que no habían hablado. El resto, todos los otros días, desde la madrugada de un 25 de diciembre, habían sido a puro chat casi de corrido, durante horas. Hablando de cualquier cosa, o de cosas demasiado profundas. El chat da una cierta impunidad para confesar cosas imposibles, desnudarse en comentarios casi ridículos pero que a la vez tienen un condimento de intriga y seducción por no saber bien la atención de quién se está captando del otro lado. La impunidad de lo virtual, es, peligrosa.
Se encontraron –conocieron sería demasiado pretencioso- de la forma más ‘anti-ellos’ que podía existir. Ella, periodista, subida a la moda de lo trendy: después de un año y medio de soltera, tenía bien en claro que las relaciones también empezaban de forma virtual. Y como jamás quiso perderse nada, mucho menos una global trend, se animó a registrarse en la última app de moda en las grandes ciudades capitales que ya estaba en Buenos Aires. Como casi todo lo que hacía, por la historia o por la nota, tenía que estar. Él estaba recién separado, poniendo en práctica con cierta cautela, todos los artilugios posibles para vivir su nueva vida de soltero. No lo convencía para nada lo del catálogo online de minas en el celular, pero igual se registró, e hizo lo opuesto a lo que todos los hombres suelen hacer: no le dio like a todas, sino a unas pocas, pero eligió una sola para empezar una conversación. La sorpresa para ambos, fue que terminó siendo match… un 25 de diciembre a las 3 de la mañana. Ella había empezado su experimentación con la app en un random de candidatos poco selectivo, así que en dos días tenía 50 posibles “parejas” y la mitad de esos flacos, le hablaban por chat. Se asustó y no respondió a ninguno. Pero el aburrimiento después de las copas del 25, la noche de verano lenta y aletargada y la intriga de la primera frase de él donde incluyó, además de perfecta ortografía, un punto final -la obsesión del punto final en un chat lo destacó definitivamente del resto-, le llamaron la atención. Respondió. Primer match real. Se quedó dormida escribiendo, sin encontrarle mucho sentido a la situación, pero divertida. Al día siguiente la charla pasó al nivel dos: intercambiaron Whatsapps. Y no pararon más. La siguiente sucesión de conversaciones alternó por una infinita variedad de temáticas, casi sin distinción de horarios. Charlas intermitentes a lo largo del día, madrugadas eternas. Pasaron los días y la curiosidad y la posibilidad de un encuentro real, eran incuestionables. Tenían que verse. Era urgente, era necesario. ¿Estaban preparados? Nunca se lo cuestionaron. Simplemente fijaron fecha  y contaron los días, las horas y los minutos hasta que el día de la cita llegó.
Esa noche fue un cocktail de nervios, taquicardia e intriga. Una intriga terrible a cómo pudiera salir ese encuentro. ¿Y si salía mal? Posiblemente, no era lo que se cuestionaban. El miedo, el terror profundo que los dos sentían, no tenía tanto que ver con si la cita salía mal, sino en verdad con la posibilidad real –real y no virtual-, de que saliera bien. Era un miedo exagerado a encontrarse con la potencialidad del amor cuando ninguno de los dos lo estaba buscando. ¿O en verdad si, cuando se dieron de alta en esa app que los hacía sentir un poco ridículos? Se sinceró consigo misma: todos estamos buscando un poco el amor, todo el tiempo.
Él la vio primero, cuando dobló por la esquina, enfilando directamente hasta la puerta del bar que no había podido traspasar. Tenía fobia a sentarse solo en una barra. Justo lo opuesto a ella, que amaba las barras, los bares y las charlas entre copas con desconocidos. Tenía puesto un vestido negro corto, y era alta, lo suficiente como para intimidarlo un poco. Se saludaron con taquicardia. Se miraron con complicidad desde el instante en el que cruzaron miradas por primera vez: la química estaba. Era un hecho tan maravilloso como trágico. Él habló y habló. Contó su historia, habló de su ex. Ella terminó soltando algo de la suya también, con menos detalles pero conservando los que la dejaban ver como una mujer herida. Entre la que se muestra infranqueable pero a la vez, necesita que la protejan. Alternando el miedo de ponerse en evidencia con una alerta en su discurso como avisando que vivió, que la pasó mal por otro, que ya está inmortalizado en su lista, en sus cicatrices, en su vida.
24 horas después, ella apretaba el único botón del celular, para que se encendiera la pantalla y le dijera cuándo él se había conectado por última vez al Whatsapp. 22.23, decía. Su reloj marcaba las 23.22 del día después. Después del idilio, la intriga, la ansiedad, los nervios y la expectativa inevitable. Después de los tragos, la charla interminable, la vergüenza, el terror, las ganas. El beso. Había sido una tortura llegar hasta ese bar, frenar los pensamientos, en esa noche pesada en la que el letargo del verano y el calor, se hizo sentir, también, en el aire entre ellos dos. Se cerró con el del beso, se terminó con el silencio. 24 horas después, sentía algo así como el post efecto placebo de una droga. La abstinencia de atención la ahogaba, la coartaba en su libertad de ser ella misma y elegir qué sentir. Como si pudiera elegirse.

Llegó la madrugada. Lo que nunca llegó fue el siguiente mensaje, y se preguntó si este era, formalmente, el fin del idilio. Se dio cuenta de lo lindo que había sido todo mientras había durado: el estar pendiente de otro, el que otro, un alguien, esté al pendiente de uno. Sonreír instantáneamente al ver un mensaje nuevo en el teléfono, con una sonrisa ridícula, incomparable a otras. La potencial sensación de volver a enamorarse. Todo había sido mágico y le había devuelto la posibilidad ínfima de probar, otra vez, después de mucho, el sabor de un beso con un poco de gusto a amor. Se dio cuenta que eran cerca de la una de la mañana, estaba sola, como casi siempre, y el mensaje esperado no había llegado ni iba a llegar. No le importó. Se sonrió con cierta tristeza, como quien entiende una señal, que por más anónima y silenciosa, le estaba diciendo que había llegado el momento de volver a empezar. De volver a creer. Se hundió lentamente en un sueño pesado, profundo, sin más respuestas, como la noche de verano que estallaba afuera. Se quedó dormida con el celular entre las manos.

Wednesday, February 19, 2014

(instrucciones para dejarlo ir)


(a D.B.)

Entonces cierro la puerta del departamento con llave, le doy media vuelta y me hundo en el sillón esperando que me trague para siempre. Y como no funciona agarro mi libreta y escribo las cosas más espantosas que salen, que vomito en el papel  y que jamás querré volver a leer, pero tienen que salir. Como si de esa catarsis pudiera sanarme, aunque falten años luz, aunque tenga que morirme para poder ser yo de nuevo, y al final, terminar siendo otra. Otra, que él no podría reconocer en la calle, que dejaría pasar como si fuera cualquier mujer desconocida, no la que alguna vez quiso, la que construyó con su mirada, la que penetró mil veces para después romper en mil partes, la que olvidó sin mirar atrás esa noche de perros que ladraban y silencios de hielo y estrellas fugaces.  Siento el terror en la sangre, el miedo que paraliza. No de la posibilidad que me olvide –soy otra, tengo que ser otra después de las marcas-, sino de que jamás pueda volver a reconocer en mí algo de lo que llamó amor. Y entonces ahora si, me achico del miedo y me traga el sillón, me traga con libreta y todo, me engulle y me digiere y me arrastra hacia las profundidades de universos que no entiendo, pero se, de algún modo, que tengo que quedarme a vivir en ellos. Hasta que se termine la botella de whisky, hasta que deje de girar el trompo, hasta que el reloj marque de nuevo la hora en que acordamos esa cita, que fue la última, la única en toda nuestra historia a la que hubiera preferido jamás llegar. Y él esté esperando ahí, con un vacío en los ojos que nunca había visto antes, que me atraviesa aún en su recuerdo, que preferiría no recordar. Entonces suena su voz, que raja todo ese planeta de cristal que éramos los dos y dice, ya está, no puedo seguir, no puedo, y no me da el aire para preguntarle si hay vuelta atrás, pero igual se lo pregunto, mientras me ahogo despacio y siento la respuesta en su silencio, acuchillándome el alma con un filo de plata. Así, con la herida abierta, desgarrada, lo abrazo hasta que a los dos nos duele, porque se que algo de ese instante, lo más cruel, lo definitivo, sólo de esa forma va a grabarse en mi para siempre. Y mientras ese instante se eterniza en mi carne, el se suelta con la liviandad del cambio y me deja. Y se va por la calle oscura, sin mirar para atrás. Y dos perros ladran y se acercan, y lamen la sangre que suelto de mi herida que se hace un río rojo profundo. Hasta que abro los ojos y no hay más nada en el vaso, y la espalda me duele del sillón duro, y tengo las piernas dormidas y el corazón estallado. En la mano la libreta y algo garabateado que parece mi letra y dice soltálo. Yo miro la hoja y le pido, le suplico, que de todas las cosas posibles no me pida que lo suelte, que desanude, que libere, que derrame, que escupa, que olvide. Que no me pida que me despida, que corte, que acribille, que no me aferre, que renuncie a la idea del amor, a la que para mi, por un instante o por una eternidad, sólo pudo llevar su nombre. Arranco la hoja y grito, como se le grita a algo injusto, imposible. Grito porque no me sale no llorar o no guardar angustia o el recuerdo de ese gesto en su cara la última vez que lo vi, de los ojos vacíos –ya no había nada de mi en ellos-, cuando se alejaba por esa calle oscura y al silencio lo cortaba sólo mi respiración, y dos perros ladraban, y la calle era un río de sangre que era mía. Era de noche y era una noche tan negra que sentí que podía caerme en ella, ahí, en su abismo, aferrada solamente a ese recuerdo que vuelve una y otra vez en un eterno retorno en el que a veces, me gustaría quedarme vivir. Así sería más fácil olvidarlo, como es fácil quedarse dormido con el ruido de un tren o morirse mientras se duerme. Para dejarlo ir sólo hace falta un vaso de whisky, una libreta y un sillón.

potencialidad.



entre millones de personas

ahí estabas


caminando por una ciudad que nunca nos iba a cruzar

ni la misma gente, ni los mismos lugares:
nos cruzó el éter y sus mensajes

(nos mató lo mismo)

éramos dos suicidas 
en la era de la virtualidad del amor

quizá 
el único registro posible. 

Tuesday, February 18, 2014

memory sucks.




marcas.


No entiendo quién sos ni a qué viniste. Porque si era a recordarme cómo eran esas viejas heridas, ya está, está hecho. Clavaste el cuchillo, reabriste las marcas. Yo estaba orgullosa de mis cicatrices. Ahora vuelvo a odiarlas. Nunca vas a enterarte, pero tengo dos o tres nuevas que llevan tu nombre.